Bolivia

En la morada del diablo en Potosí

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Bolivia: En la morada del diablo en Potosí

“¡Potsí, Potsí!”. Era la manera de pronunciar el nombre “Potosí” por parte de la gente de Uyuni en la calle que daba a las distintas agencias de buses que realizaban el trayecto desde esta última ciudad hacía la principal urbe del departamento. Promocionaban el destino a los turistas que circulaban por la calle, al igual que otros que anunciaban la partida a otros lugares como Sucre, Cochabamba o La Paz.


Tomamos un bus a la noche. Parecía un buen coche, pero no había guarda y el chofer introdujo las mochilas grandes en la bodega sin darnos ningún tipo de identificación. Al preguntarle, respondió restándole importancia al asunto. Una vez arriba, acomodados en los asientos, noté que se filtraba una fresca brisa desde algún punto del bus que no pude identificar. Era de noche tarde, y me dí cuenta de que sería un viaje de más de 300 km con ráfagas de viento frío en la cara.
Un tipo ebrio nos incomodó un rato, hasta que aparentemente quedó bajo los efectos de un sueño liviano, puesto que de tanto en tanto balbuceaba algunas palabras ininteligibles. Otro sujeto nos observaba de manera inquisitiva. Partimos en medio de los fuegos de las hogueras del día de San Juan, celebración tradicional en estas fechas por este lado del mundo. Mi viaje transcurrió entre la voz de Freddie Mercury y la canción “Cordillera de los Andes” de los Enanitos Verdes, motorcito que alimentó el sueño de viaje durante todo el año de preparación que llevó planear esta travesía que nos tenía a bordo de un vehículo, por una carretera entre montañas con rumbo a uno de los lugares que más expectativa generaban.
Llegamos a Potosí, una de las ciudades más altas del planeta situada a casi 4000 msnm, a la una de la madrugada. Cargada de historias, está situada en un ambiente totalmente árido al borde del imponente Cerro Rico, de 5000 metros de altura. La montaña es la cuna de la leyenda y uno de los puntos altos del viaje.
Nos bajamos del bus y empezamos a caminar en busca de algún alojamiento. Sentada en medio de la noche, cubierta de harapos, una mujer anciana, con verborragia nos amenaza tratándonos de “hijos de puta”. Nos señala como los culpables de la tragedia del pueblo boliviano. Habla sobre el yugo bajo el cual entiende que se han encontrado los suyos desde la época de la conquista, incitándonos en forma bastante agresiva, a retornar a nuestro país a trabajar. Me incomoda. Entiendo que probablemente al ver dos tipos blancos con mochilas descendiendo de un bus, caminando por la calle a esas horas, nos ve como europeos (de ascendencia europea en nuestro caso), haciéndonos el foco de su ira. De nada valió que me parara frente a ella cuando pasamos por el lugar donde estaba, para decirle que éramos uruguayos. Continuó con su desprecio hablando con rencor, desde un odio evidente. Sé que no somos culpables de nada, pero aún así alcanzo a entender su dolor. Al día siguiente, supe por la gente local, que ésta señora es conocida por los potosinos, quienes la consideran “loca”. Volví a verla en la plaza cerca del mediodía, en la vereda de la iglesia caminando de lado a lado, arengando a un público imaginario con una voz enérgica que se oía desde cualquier punto del lugar donde estábamos.
Buscando hostel por la calle durante la madrugada, desechamos uno porque al ingresar y recorrerlo, nos cruzamos con el tipo que nos veía de forma extraña, como inquisitiva en el bus. Se paró y nos preguntó: “¿Y? ¿Qué habitación les dieron?”. Tenía una extraña mueca en la cara. No se porqué, pero le respondimos. Luego le preguntamos, “¿y a tí?”. Se dio media vuelta y se fue sin responder. Nos fuimos de ahí ante la sorpresa de la funcionaria que atendía en la recepción. Encontramos otro hostel cerca, era muy tarde y optamos por quedarnos. Dormimos, algo intranquilos.
Nos levantamos temprano, dejamos el hostel y desayunamos. Comenzamos a buscar un vehículo que nos llevara al centro de la ciudad. Las combis iban llenas, los taxis siempre ocupados. Tardamos un buen rato en encontrar algo. Al fin, un taxista paró y nos llevó al destino. Al bajarnos, empezamos a caminar con la meta de encontrar una agencia que nos llevara inmediatamente al Cerro Rico, para hacer un tour. Sabíamos que se hacían por la mañana. A escasos metros de caminata, mientras cargábamos las pesadas mochilas por las concurridas calles del centro de la ciudad, procurando reunir el oxígeno necesario para alimentar nuestros pulmones, una mujer nos abordó. Caminando a mi lado, preguntaba si éramos turistas y si queríamos conocer la ciudad o el cerro. Nos decía que tenía una agencia y que precisamente estábamos caminando hacia ésta. Aunque desconfiado, iba respondiendo a sus preguntas con monosílabos: “sí”, “no”. Hernán no hablaba e iba un poco detrás, probablemente más escéptico que yo. Sabíamos de antemano que la prudencia era una virtud ante este tipo de ofertas en la calle o en las terminales de buses. Como la agencia estaba de camino a la plaza, seguimos con ella. Al llegar a la puerta del local, parecía de buen aspecto. Nos miramos y sin mediar mucha palabra, entramos a la agencia. Había carteles de agradecimiento, notas de turistas escritas en muchos idiomas en donde la gente expresaba su conformidad con el tour realizado, felicitando a los dueños de la empresa por el servicio prestado. Todo estaba ordenado, averiguamos detalles del tour al Cerro Rico y de a poco se fueron yendo las dudas, se disipó la desconfianza y accedimos a realizar una de las grandes metas personales del viaje: entrar a la mina y vivir como un minero por al menos, unas horas.
Nuestro guía sería Carlos, esposo de la señora que nos abordó en la calle, dueña de la agencia. Él no era un operador turístico. Era minero. Experiente. Era lo que buscábamos. Hacer un tour de verdad, no con un guía turístico, sino con un minero. Nos pasó a buscar, fuimos a su casa, nos pusimos la indumentaria de trabajo. Atavíados con el casco, la linterna, el uniforme y las botas, pasamos por un mercado para comprar dinamita, lejía, coca, soda y alcohol. Nos explicó con la autoridad de alguien que sabe de lo que habla porque lo vive a diario, la utilidad de alguno de estos implementos y emprendimos la travesía rumbo a la mina. Ascendiendo la montaña en la camioneta, los tres teníamos una vista magnífica de Potosí.
Nos adentramos en la mina, un mundo laberíntico y de una oscuridad negra que solo se rompe cuando la ilumina la tímida luz de la linterna.
Los esforzados trabajadores de la mina son en un 90% indígenas que viven justo debajo del cerro. Emplean las mejores horas de su vida en la temprana juventud -a veces, demasíado temprana a juzgar por algunos rostros- entre el polvo y la negrura de alguna de las más de 200 bocaminas del coloso potosino, buscando zinc, estaño y la esquiva plata. Muchos de ellos llevan una vida vinculada a la fe cristiana bajo la luz del sol en la ciudad, pero en las tinieblas de la mina lejos de la claridad diurna adoran al “tío”, o más precisamente, al mismísimo diablo.
En muchas partes de la mina existen diversas esculturas situadas en altares, dedicadas al “tío”. Pintado de rojo, con cuernos, pezuñas en vez de dedos en los pies, mirada malvada y con el pene erecto, el “tío” es venerado por los mineros. Es su protector. Su “papá”. Le ofrecen sacrificios de animales, coca, alcohol, soda y le encienden cigarros para luego colocárselos en la boca. Se insultan. Hablan de modo vulgar para que el “tío” esté feliz y les ayude. Todo a cambio de protección. Y claro, suerte en la búsqueda de mineral. Son muchos los que a lo largo de siglos de explotación minera, han muerto ahí dentro víctimas de trabajos forzados, caídas, derrumbes o por enfermedades respiratorias derivadas de la prolongada exposición al polvo permanente que se desprende de las paredes por las detonaciones. Estar solo dentro de la mina sin conocerla puede ser una sentencia de muerte.
El minero es pobre y trabaja en cooperativas. Estas organizaciones de mineros obtienen con sus propios recursos la dinamita y demás herramientas de labor. Únicamente en caso de obtener mineral y venderlo, obtienen una paga. De lo contrario, no hay sueldo. Una parte de la ganancia es brindada como tributo al estado, que nada les proveé.
En el recorrido por una de las bocaminas, me golpeé la cabeza porque hay partes en donde debes pasar agachado y supongo no alcancé a acostumbrarme a esta regla dentro de la mina. Salté para sortear pozos cuyos fondos no se veían entre la oscuridad, atravesé puentes improvisados por los mineros, usé dinamita, mastiqué lejía y coca. Utilicé el alcohol -puro- como ofrenda a la Pachamama y al “tío”, aunque no lo bebí. Me arrepiento. Debí haberlo probado. Observé mineros trabajando y comprendí desde adentro, la tarea dura que llevan estos hombres. Aprendí a conocerlos con la cercanía que brinda el contacto directo con ellos, en la interacción. Los respeto. Respeto su modo de vida, hábitos y creencias. Nada me impide pensar sin embargo, que estas personas merecen ganarse la vida sin apostar la suya en el intento de progresar. Para ellos en cambio, la oportunidad de trabajar en la mina representa una tradición y en muchos casos una posibilidad real -y muy seductora- de ganar buen dinero y lograr el sustento necesario para sus familias, siempre que vivan lo suficiente para conseguirlo…

Fabio