Bolivia

En bicicleta por la carretera más peligrosa del mundo

Camino-de-la-Muerte

Bolivia: En bicicleta por la carretera más peligrosa del mundo

Emprendimos rumbo en dirección a las afueras de La Paz, la capital boliviana. A medida que salíamos de la ciudad hacia el este el terreno se volvía más escabroso. Las puntiagudas cumbres de los Andes se alzaban a nuestro alrededor para terminar hundiéndose en un abismo de varios cientos de metros al borde de la carretera por donde transitábamos. Muchas de las carreteras en Bolivia y Perú están talladas en las laderas de las montañas, siendo realmente muy peligrosas.


El Camino Los Yungas o popularmente conocido como “ruta o camino de la muerte” es una de las carreteras más peligrosas del mundo. Según algunas entidades de rango internacional como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la más peligrosa. Une las ciudades de La Paz en pleno altiplano boliviano, y Coroico, al este y ya en la entrada de la selva boliviana. Consiste en una ruta de aproximadamente 80 km de tierra y piedras sueltas, con un trazado sinuoso que va en descenso, de curvas muy cerradas y donde a un lado del camino está la “seguridad” de la pared rocosa de la montaña, mientras que al otro, existe una gran caída de la que, -de tener un accidente- sería prácticamente imposible volver con vida. No hay guardarraíl ni nada que evite una caída al vacío, de perder el dominio de un vehículo hacia esa dirección. Únicamente se puede circular en un sentido. Actualmente se utiliza una ruta nueva y más segura para que el gran tránsito realice el recorrido entre La Paz y Coroico, por lo que el “camino de la muerte” es usado únicamente por personas locales que deben recorrerlo porque viven cerca o, por algunos ciclistas intrépidos como nosotros.
Yendo por una carretera asfaltada, nos detuvimos en un punto a cierta distancia de La Paz. Descendimos de la camioneta, bajamos las bicicletas y nos pusimos el equipo: casco, rodilleras, coderas y el traje. Las bicicletas tenían buena suspensión y las ruedas se afianzaban lo necesario en el suelo.
Comenzamos a recorrer camino por esa carretera asfaltada para probar el equipo y la bici. Hacía frío aunque el peligroso sol del altiplano ya empezaba a ascender en el cielo.
Increíblemente, momentos antes de empezar a recorrer nuestro destino, noté un tumulto al costado de la ruta. Al acercarme veo un grupo de gente al borde del precipicio mirando hacia abajo con la naturalidad de quien se encuentra con los vecinos en el almacén de la esquina todos los días para charlar de la familia, del barrio y del partido del fin de semana. Al lado, una grúa procuraba sin éxito alcanzar un camión que se había caído. No pregunté ni me enteré después, pero deduzco que de esa caída no pudo haber sobrevivientes.
Avanzamos hasta un punto en donde la carretera se bifurcaba. A la izquierda continuaba la carretera asfaltada o camino nuevo. A la derecha aparecía un estrecho sendero de piedras que doblaba a la izquierda perdiéndose tras la pared de la montaña, por lo que no se veía nada más, excepto las nubes, al nivel de los pies. Era el comienzo del “camino de la muerte”. Así lo constataba el letrero colocado al pie del sendero.
Aquí, hasta 2006, morían entre 100 y 150 personas al año. Luego, el comienzo del uso de la carretera nueva, hizo disminuir esa cifra a 30 o 40. En algunos puntos, la caída llega a ser de hasta 800 metros.
Sin conocer estos últimos datos, emprendimos el recorrido.
El paisaje que rodea el camino es realmente imponente, de atreverte a verlo. Si algo aprendí de forma rápida y por pura intuición, fue a mantener la vista en el terreno. También la mente y las ideas. Nada había en mis pensamientos por fuera de ese sendero de tierra y piedra en bajada y con curvas de hasta 180°. De tanto en tanto, divisaba cruces a mis pies. Un recordatorio permanente en la travesía, de los que no volvieron.
Hacer el trayecto a lo largo de unos 60 km, no es exigente desde el punto de vista del uso de las piernas debido al descenso casi permanente. La exigencia viene por el lado del control de la bicicleta debido a la velocidad que toma, este inconveniente se agudiza tomando en cuenta las condiciones de la ruta, escarpada y zigzagueante. Esa velocidad, conjuntamente con las curvas y piedras del camino, hicieron que estuviera a punto de perder el control de la bicicleta en dos oportunidades, aunque afortunadamente siempre para el lado de la pared de la montaña. Alcancé -a duras penas en ambos casos-, a controlar la bicicleta y mantener el equilibrio.
Al finalizar el trayecto, más de 60 kilómetros más abajo, rodeado de un paisaje selvático muy diferente al del inicio del recorrido, experimenté el mismo nivel de satisfacción que de alivio. Lo había logrado. Tenía una historia increíble para contar a mi regreso.

Fabio