Aruba

Descubriendo Aruba

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Aruba, la isla de las cervezas balashi

Aruba es caribe puro, el caribe que soñamos todos de playas blancas y aguas transparentes pero con unas cuantas particularidades. Es un caribe en donde abundan los cactus, no llueve casi nunca, no hay peligro de huracanes, no existen los ríos; y la brisa amaina el calor que es alto, y que cada tanto vuela los sombreros de los desprevenidos.

Casi la totalidad de los 110 mil habitantes de la isla viven en la parte oeste, allí se ubica también su capital Oranjestad, ciudad de los Oranje, la casa real de Holanda (también quiere decir naranja, color que identifica al país y a todas las casacas de sus seleccionados del deporte que sea). Por su parte, Aruba es un país independiente que forma parte del reino de los Países Bajos, el gobernador de la isla es elegido por el rey y el consejo de ministros por el voto popular.En la parte oeste también se encuentran las mejores playas, los más importantes hoteles, restaurantes y shopping malls.

En nuestro primer día dejamos las arenas color marfil para más tarde y nos subimos en un jeep todo terreno para visitar la parte este de Aruba. Desértica, salvaje, indómita, de terreno polvoriento y raleado, con rebaños de cabras y burros que pastan indiferentes por el terreno ondulante y alguna que otra víbora que se esconde en la maleza. Cada tanto vemos también los arboles Divi divi agachados por el viento, pequeños arbustos y puntiagudas sábilas, las famosas plantas curativas conocidas como aloe vera, que son famosas en la isla.

En un terreno abrupto que desemboca en un mar bravío, que contrasta con las suaves olas del oeste, emerge el antiguo edificio de la fundición de oro de Bushibarana que todavía se mantiene en pie. Porque Aruba también vivió su fiebre del oro a partir de 1824. Cuenta la historia que un niño encontró una pepita de oro en un arroyo en esta zona y despertó ese amor desesperado que tienen algunos seres humanos por el glamoroso metal dorado. Cierta o no la historia del niño, las minas de oro eran subterráneas y por años se abrieron con la fuerza de los cartuchos de dinamita. El oro se terminó en 1916, en medio de la Primera Guerra Mundial y la fundidora quedó abandonada en ese infinito desierto que se extiende contra el mar y que nos hace pensar que la isla mide más que esos escasos casi 32 kilómetros de largo que aseguran los cartógrafos.

De nuevo en el jeep en donde hay que agarrarse fuerte dado lo accidentado del terreno esquivamos las pilas de rocas que acumulan los visitantes mientras piden deseos y andamos hasta Boca Andicuri, en donde se ubica el Natural bridge o lo que queda de él. Era un imponente puente natural de piedra caliza de coral que se desmoronó en 2005 por la acción de las aguas y los vientos. Por suerte una pequeña parte de él todavía sigue en pie.

En un recodo muy cerca de allí aparece entre rocas Andicuri beach, pequeña de aguas revueltas y muy buena para hacer windsurf. Por detrás nuestro los cuatriciclos van saltando dunas y caravanas llenos de turistas norteamericanos pasados de peso.

Ingresamos por la parte norte del parque Nacional Arikok para visitar la piscina natural Natural pool, que además de ser una fuente de divertimento para todos los que se lancen a sus aguas, hace tiempo se utilizó también para criar tortugas marinas. Pero el mar bello e impetuoso, nos indica que hoy no es día de chapuzones en el ese lado de la isla. A lo lejos entre el polvo que levanta el viento, se percibe el monte Jamanota, con 189 metros, el más alto de la isla y más allá las cuevas subterráneas plagadas de murciélagos y pinturas rupestres de los Arawak, pobladores que llegaron a Aruba hace más de mil años.

Pero ya no queda más tiempo, el jeep inicia el regreso, nos espera el tradicional restaurante Zeerovers en la región de Savaneta, con su menú de pescado fresco.

Emplazado junto al mar, con botes y veleritos amarrados atacamos con hambre sus delicias de pez espada frito, pargo a la parrilla, langostinos salteados con lima y ajo y papas y plátanos fritos mientras sumergimos cada bocado en la salsa picante de papaya, una delicia de la isla.  Las cervezas Balashi (de producción local) bien frías completan una gran comida!

Carola